miércoles, 20 de septiembre de 2017

En bicicleta

El bebé no tiene un año y en charlas con mamás de chicos más grandes te avisan que no va a tener vacante "si no te apurás", o que tenés que anotarlo desde sala de tres en el colegio que elijas para que haga la primaria (literal) porque si no tampoco vas a conseguir la famosa vacante cuando entre a primer grado. Y vos que tenías la ilusión de mandarlo a un jardín Montessori te preguntás si de verdad ya tenemos que arrancar así de condicionados.

#ansiedad.

El hijo le cuenta al padre que le fue bien en el trimestral de Lengua, y éste le responde "¿y ya levantaste matemática?".

#presión.

Llega el marido a la casa con una suculenta de regalo para su mujer. Ni bien abre la puerta ella la mira rápido -"qué linda", dice- y pregunta por el rosal que le había encargado. Él se queda con la suculenta en la mano derecha mascando su propia imagen en el vivero eligiendo la plantita que casi pasó desapercibida.

#anestesia (y él que se siente el más gil del mundo).

Corremos. Nos quejamos de que corremos. Nos contracturamos. Hablamos de lo contracturados que estamos. Usamos placas de descanso para no apretar los dientes mientras dormimos. Tenemos insomnio. Hacemos yoga. Queremos todo, y si es posible, aquí y ahora. Tenemos al alcance más de lo que tuvieron nuestros padres, información y ambiciones quizás, y muchísimo más de lo que tuvieron nuestros abuelos.

Queremos el auto, queremos cambiarlo, queremos la camioneta, el novio, el marido, la casa, el hijo, el perro, los viajes,  el último de los teléfonos, otro hijo, cuerpos trabajados, el colegio perfecto, el trabajo divertido, el sueldo grande, el grupo de amigos copados, el viaje a Chile o a Miami para poder comprar mucho, y un grupo bien nutrido de seguidores en Instagram para que vean las fotos de nuestras compras, amigos, hijos, viajes, festejos, salidas, comidas y plantas. Todo acompañado de hashtags en inglés, la mayoría de las veces. Mucho love, life, live, enjoy, happiness. Mucho myhome y mykitchen también.

Seguimos y nos siguen. Miramos y queremos que nos miren los que nos conocen y los que no también. Los que nos quieren y los otros también. Nos cuesta mirarnos a los ojos, eso sí.

Somos máquinas de querer, no tanto de disfrutar, aunque el disfrute parece ser nuestro norte.



Antes de comer la ensalada de rúcula con langostinos apanados con semillas crocantes, sacamos una foto y la "compartimos" en las redes sociales. Nos volvimos expertos interruptores de momentos, climas y conversaciones con gente real, en pos de "compartir" con otros que están con sus teléfonos en otros lados con otras gentes. Etiquetamos al que está sentado enfrente que -en el mejor de los casos- espera si no está haciendo lo mismo, etiquetándonos a nosotros, y marcando en el mapa adónde estamos exactamente.

Después nos anotamos en cuanto curso haya para aprender a disfrutar del aquí y ahora o para aprender a ¿respirar?. Sí, a respirar. Repetimos mantras, seguimos marcas, compramos muchas cosas y leemos libros para aprender a despojarnos o contratamos a alquien que nos ordene los armarios abarrotados.

Estamos jodidos.

Los chicos -si es que ya no los subimos a nuestra misma locura, lo cual es bastante probable porque la ven todo el tiempo- si no están enfrascados en la tablet, deben mirar con cara de "¿qué les pasa a estos pibes?"

¡Pero estamos a tiempo! me digo a mí misma. A tiempo de no angustiarnos por cosas que todavía no existen (como el colegio del bebé) o que no está a nuestro alcance resolver. A tiempo de sacar el pie del acelerador y subirnos a la bicicleta para disfrutar del vientito en la cara, aprovechando que en algunas horas arranca la primavera.



Será tal vez que mi bebé de siete meses vino decidido a enseñarme a ordenar prioridades. A cambio se ha dispuesto a robarme horas de sueño, pero bien vale el trato. Por lo pronto me volví más selectiva con las batallas que quiero dar, y las que prefiero dejar pasar.



Lo que no quiero que pase sin huella es la oportunidad de disfrutar de este momento, de estos meses de licencia, de las mañanas de juego en pijama, de las tardes de caminata, encuentros y mates un martes cualquiera, de los bailes inventados para hacerlo reír a carcajadas y de las canciones que le canto y que suenan todas iguales. Igual de tontas para algunos, igual de melodiosas para él.

Y quiero también disfrutar de las ojeras, del pelo enredado porque lo estuvo tironeando y babeando a la noche cuando durmió en nuestra cama pegándome patadas, de la calabaza en mi remera y mis uñas sin pintar (no como las de la foto). Porque esto va a pasar, y porque esto lo esperé mucho.

Que viva el puerperio, tiempo con nombre raro de extensión en debate que sigue al parto, y su remolino de sensaciones, altibajos, preguntas por mil y unas pocas respuestas nuevas.

Me despido con este párrafo de Laura Gutman que saqué de su libro La maternidad y el encuentro con la propia sombra, que me quedó resonando:

Nuestra sociedad está apurada por "volver a la normalidad". Todos queremos que la mamá "vuelva a ser la de antes", que adelgace rápido, que abandone la lactancia, que retome el trabajo, que luzca espléndida... en fin, que esté a tono con los tiempos que vivimos. Es la era de (las redes sociales, agrego yo), de internet, del e-mail, la telefonía celular, la televisión por satélite, los aviones y las autopistas rápidas. El mundo anda a velocidad luz mientras las madres se sumergen en las tinieblas del recogimiento, conservando las redondeces y reclamando silencio. Quisiéramos que las madres y sus bebés no fueran tan diferentes del resto de la gente...

Feliz primavera.
Juli

sábado, 5 de agosto de 2017

Canela y nuez moscada (algo sobre mi abuela Esther)

Con los ojos llenos de lágrimas y el corazón tironeado por la tristeza de saber que te fuiste y la paz de saber que ya era lo que querías, acá estoy, vengo a escribirte, abuela. Sé que me mirás atenta, que estás acá conmigo.

Mi hijo duerme en su cuna, Hilario Jacinto, mi bebé de cinco meses, uno de tus ocho bisnietos. ¡Ocho, abuela! Y fantaseabas con tener un tataranieto, -“es lo único que me falta”, decías- porque a tus 93 años seguías pidiéndole cosas a la vida, y nosotros te decíamos que no te desubicaras, que Sofi, tu nieta más grande, tiene 16.

Y querías que la gente se casara también. El estado civil de tus nietos era un tema. A Agus le preguntabas por su esposo, ella te explicaba que no se casó todavía, y le aconsejabas que esperara un poco para tener hijos. A Flor le preguntabas cuándo se iba a casar y si se iba a casar por Iglesia. Nos reíamos aunque a veces te ponías insistente con el tema.   

No sabés lo feliz que estoy de que hayas conocido a Hilario. Me guardo para siempre tu felicidad cuando lo llevé a tu casa recién nacido. Enseguida lo alzaste y le cantaste “qué linda manito que tengo yo”. En tus ganas de apretarlo y besuquearlo fuerte me vi a mí, la vi a mamá y esa cosa que tenemos con los bebés las mujeres de la familia. De algún lado nos viene.

Supiste de nuestra búsqueda de años y nuestro dolor en la espera. A veces tu consuelo me enojaba un poco. Me decías que vos le preguntabas a Dios, “por qué yo pude tener dos juntos y Julieta no puede tener uno”, pero sabía que tratabas de animarme a tu manera, contándome todos los rosarios que rezabas por día y cómo le pedías a Dios por nosotros. Y vaya si te escuchó, abuela.

Mientras te operaban esta última vez, caminaba al sol con Hilario y rezaba el rosario, ahora yo, pidiéndole a Dios que se hiciera su voluntad, dándole gracias por tu vida larga y fecunda, pidiéndole que no sufrieras. Y te envidié un poquito sabiendo que faltaba poco para que volvieras a ver al abuelo Ernesto, a tu amor, a tu viejito, “el mandamás, mi hombre, mi todo” como dijiste alguna vez delante de mi marido, que no tuvo mejor idea que empezar a decir que él es mi mandamás. Imaginate mi cara, abuela.

Cuando era chica, un día, saliendo de tu casa de Villa Adelina, le dije a mamá que cuando fuera grande quería ser como vos que no salías nunca de tu casa. Me miró y me dijo que me lo iba a recordar cuando fuera grande. Me conocía mamá. Y si bien no estoy todo el día en mi casa, como vos, hay una parte de mí, casera, puertas adentro y doméstica, que sin dudas la heredé.

De vos tomé la costumbre de ir a la cama con un vaso de agua “por si a la noche te agarra sed”. El tuyo era largo, de plástico verde agua o celeste, y lo llenábamos siempre en la mesada justo al lado de la heladera, en su cocina de la calle Los Ceibos. Entonces subíamos ya listos para ir a la cama, tal vez peleando con Luciana a ver quién iba a dormir al lado tuyo esa noche.

Al abuelo lo mandábamos al cuarto de al lado. Si estaba Fede también le tocaba otro cuarto. Nosotras hacíamos la famosa “cadena de la rascada”, un ratito para un lado y un ratito para el otro rascándole la espalda a la de al lado. A la del medio siempre le hacían cosquillas pero también siempre tenía que hacer. Las de las puntas descansaban pero también les tocaba hacer cosquillas sin que les hicieran. Eran las reglas. Mientras vos nos contabas cuentos con vos suavecita, en un susurro que por momentos era más alto, haciendo un chasquido con la boca cuando decías la t y pronunciando la s con la lengua bien pegada al paladar. Nos encantaba ese sonido y te pedíamos que nos contaras siempre los mismos cuentos. Los tres chanchitos y Blancanieves no faltaban nunca. Y tus cosquillas llegaron hasta tus tres bisnietas mayores que se sentaban al lado tuyo para que les hicieras en cada brazo. 

Fuiste buena, muy buena abuela. Nos dejabas ayudarte a planchar en tu lavadero enorme del piso de arriba, aunque tardaras el doble, y salíamos con vos a colgar la ropa en la terraza llena de sol e impregnada por el perfume del jazmín de leche que se enredaba en la reja que daba al patio. Desde ahí saludábamos siempre a Don Mateo, tu vecino viejito con boina, y veíamos tu parra de uva chinche desde arriba. Las uvas verdes contrastaban con el morado del piso de baldosas del patio. Ahí estaba también la parrilla que algún tío o el abuelo prendía los domingos para el asado. No puedo centrifugar ropa sin acordarme de tu viejo y robusto Koh-i-noor. Estaba prohibido tocar la tapa mientras la ropa giraba adentro con furia. El jabón blanco y los pañuelos del abuelo secándose pegados a los azulejos. El otro día charlamos de esto por teléfono y te acordaste de que así no hacía falta plancharlos.  

Sábados a la noche viendo la tele hasta que decía “aquí finaliza la transmisión Argentina Televisora Color” y se veía un mapa de la Argentina. Con el abuelo veíamos a Calabró cuando hacía “El Contra”. Él se mataba de risa ya en pijama y con sus chancletas de cuero bordó.

Los azulejos de su cocina estaban empapelados por nuestros dibujos. Unos genios. Las paredes estaban copadas por nosotros, sus nietos. Nunca faltaban las hojas. La lata de marcadores y lápices con punta siempre estaba llena, tenías otra con juguetitos de esos que venían en los chocolates Jack que papá le regalaba a mamá cuando eran novios, nos contabas. Vos los habías guardado y nosotros jugábamos con eso. En otra lata tenías peines, hebillas y gomitas para cuando te tocaba hacer de clienta de nuestra peluquería. Y te reías a carcajadas con los peinados locos que te inventábamos con Lu y con Flor.    

Tenías muchas latas de todos los bombones que te compraba el abuelo, pero sin dudas la mejor era la que estaba arriba de la tele de su cuarto, porque estaba siempre llena de monedas doradas de chocolate semi amargo, mentitas Suchard, caramelos de dulce de leche, frutillitas de esas que vienen con un palito verde, gallinitas de azúcar y algún que otro Media Hora. Era llegar y correr por las escaleras hasta arriba para ver por dónde íbamos a empezar. No había límite. Tal vez una sugerencia de no comer tanto para que no nos doliera la panza después, pero nada más.
   
Tu sémola con leche merece un capítulo aparte. Yo la comía a la par del abuelo. La mía solo con canela, a la de él le agregabas cáscara de naranja. Me encantaba y repetía el plato hondo de vidrio amarillo, lleno. Escucho tu cuchara revolviendo el fondo del cacharro cuadrado sobre el fuego de la hornalla, para que no se hicieran grumos. De ahí mi amor por la canela que perdura hasta hoy. La huelo y me lleva directo a tu cocina, a esas noches de los años 80 en su casa de Villa Adelina. Y tampoco puedo rallar la nuez moscada, que le pongo a casi todo lo que cocino, sin pensar en vos que le decías nuez “noscada”. Nunca te corregimos porque nos encantaba que le dijeras así. Tampoco me importaba que cada tanto me dijeras “Yuli” con y griega. “Hola Yuli”, me dijiste el martes pasado cuando fuimos a visitarte con Hilario, Agus y Flor. “Mirá quién vino, ¡vino Julieta con Hilario!” y eras feliz.

Acá tu Tortuguita, y vaya uno a saber por qué el abuelo me puso ese apodo, llora. Porque duele saber que no voy a sentir más tus cachetes duros sin arrugas, con tus pómulos saltones, porque no voy a tocar más tus manos frías, con tus deditos doblados por la artrosis y los años. Porque la ausencia física es una certeza y el saber que eso es para siempre duele en el corazón. Porque los abuelos son nuestras raíces más hondas y con vos se va también una parte de mi vida. 

Sé que estás en el cielo con tu viejito que te esperaba hace años con un ramo de rosas en las manos. Lo sé abuela. Estás sonriendo, se abrazan los dos y mientras comen algo dulce, tal vez un merengue gigante con crema y dulce de leche, se ponen al día. Le contarás de cómo crecimos, de todo lo que viviste estos años en los que él se te adelantó.



Sé que no te duele nada y que ya no estás cansada, abuela, y que tu sonrisa es enorme, como en la foto de esta tarde.  

Interrumpí la escritura para ir a atender a Hilario que quería comer. La vida llama siempre, abuela. Vos lo supiste y así viviste hasta el final. Nos demostraste que se puede cuando se quiere. “Todo es cuestión de querer” solías decir desde que tengo memoria. Y ya no estabas con tantas ganas de seguir acá. Extrañabas al viejo y nos lo decías cada vez más seguido. Soñabas que estabas con él y te despertabas feliz.

El miércoles hablamos antes de que te operaran. Te mostré a Hilario que dormía la siesta y me tirabas besos por video llamada. “Este no es un lugar parar que vengas con el bebé”, me dijiste mientras movías el dedo diciendo que no. Y antes de entrar al quirófano Agus te mostró el video de Hilario moviendo su mano mirándola fijo, su último descubrimiento. Me dijo Agus que te reías cuando lo viste y se me alegró el corazón. También llorabas diciendo que tenías miedo de no volver a vernos a todos y que nos ibas a extrañar. Pero saliste bien de la operación, superaste la anestesia y te recuperaste enseguida. Fuiste consciente de que estabas bien. Y querías irte a tu casa, estabas ansiosa por llegar. Querías irte así, con tus hijos, en tu casa, al lado de tu pajarito, mirando tu patio, tus flores y los árboles del pulmón de la manzana. 

Antes de irse a comprar tus remedios con mamá, Agus, de vuelta Agus, te mostró la foto que le sacamos a Hilario y Benicio ayer. Te reías diciendo “mirá qué gordo que está, los rollos que tiene”. Y al ratito, después de tomar el té, sin darte cuenta, te fuiste abuela.

De chica no podía irme a entrenar si no los llamaba por teléfono día por medio a vos y al abuelo. De adolescente te mandaba cartas por correo, así como cuando yo era chica ustedes me mandaban un telegrama el día de mi cumpleaños para saludarme, además del llamado. Era divertido.

La semana pasada hablamos de Luján, de cómo le gustaba ir al abuelo a ver a la virgen, de cuánto iban ustedes y de cuando nos llevaban a nosotros. Te conté que había encontrado dos medallitas que ustedes me habían traído alguna vez. Me mostraste una muy parecida que llevabas colgada en tu cadena junto con una imagen grande del Sagrado Corazón.  

Hoy, antes de ponerme a escribir me puse a buscar en You Tube videos de ATC de los años 80. Esperaba escuchar “aquí comienza el horario de protección al menor” o “transmite Argentina Televisora Color”, y en vez de eso encontré un video del viejo canal 9, muy cortito, que empezaba con una imagen de las dos torres de la Basílica de Luján y un texto que decía “Dios es mi descanso”.
Gracias abuela.

Gracias también por los jaboncitos y los pañuelos bordados para los cajones de la ropa, por tu colonia inglesa, por todos los tutti frutis que jugamos en la mesa redonda de tu cocina, por todos los chocolates y cafés con leche que nos preparaste a tus nietos, por servirnos el helado de limón y dulce de leche que comprábamos con el abuelo, en tus tazas de vidrio con manijas de plástico. Por tomarte el colectivo 700 cartel blanco para venir a visitarnos desde tu casa, feliz.

Te vamos a extrañar.

Ahora estás en el cielo. Tenés nietos y bisnietos alrededor, te precedieron temprano, almas de luz, ángeles de Dios que te besan y abrazan por nosotros, hasta que nos toque volver a encontrarnos.

Mujer humilde. Mujer difícil. Mujer cariñosa, viejita linda. Testadura, como tu apellido. Como todos, tuviste tus sombras con las que luchaste hasta el final. Y al escucharte aprendí que de verdad la lucha interior no termina nunca mientras estemos vivos. No importa cuan grandes seamos, adentro somos los mismos. Uno elige con qué se queda y qué sentimientos alimenta. La gratitud, la misericordia, el egoísmo o el rencor. Uno vive como quiere y como puede, con lo que es, con lo que tiene y como le sale. Lo importante es amar y seguir intentando. Supiste reírte de vos misma, te prestaste al juego hasta el final y hoy dijiste "más no le puedo pedir a la vida". 

Yo te voy a extrañar toda la vida, abuela.

Cuánto amor, cuántos años, cuánta vida, cuánta gratitud, cuánta fiesta hay hoy en el cielo, abuela.

¡Gracias!


Juli


martes, 30 de mayo de 2017

Otoño con vos

Voy cayendo en el sueño y me veo. Caigo como la mezcla cruda del bizcochuelo en el molde. Líquida y lisa, como una cinta que por su peso se pliega una y otra vez sobre sí misma hasta fundirse en el todo. Acierto. Imagen reveladora de lo que siento. Me pliego y me repliego sobre mí, con vos pegado a mi cuerpo. Somos uno y sé que somos dos. Me potenciás y me creo capaz de todo, al tiempo que me hacés vulnerable como nunca antes jamás en mi vida nada ni nadie lo hizo.

Sigo cayendo pero todavía no duermo. De repente tengo insomnio a pesar de estar cansada, como si siguiera embarazada y mi cuerpo estuviera acostumbrándose a los que serían tus tiempos. Ahora me veo llena de agua. Hay espacio para las olas y el movimiento. El agua choca contra los límites de mi cuerpo desde adentro. No es el mar que me obnubila con su grandeza y me acecha con su profundidad. Que me cautiva tal vez porque le temo. Soy yo que soy líquida y fluyo. Con vos es fácil pulsar con el instante. Todavía no entendés qué es el futuro ¿y me pregunto si yo sí?, no te preocupa el mañana, te ocupa el instante, sos presente puro. Y apenas llorás, como si supieras que no es necesario para que mis ojos te miren y mis brazos te sostengan.



Y el mismo ser presente constante de a ratos choca con una cabeza acostumbrada a volar y proyectar. Y eso cansa. Porque acá no hay nada perfecto además del milagro de tu llegada. Uno solo hace lugar y aprende, con suerte, a ser mejor persona, una versión mejorada de sí mismo.

Y no quiero que crezcas rápido, ni quiero que ya sepas dormir de corrido en tu cuna, ni quiero que seas un bebé toda la vida. No me siento menos libre por tener que cuidar de vos. Porque todo pasa, todo fluye, todo sigue su curso, y esto también pasará. Las noches de sueño entrecortado, los días con horas que vuelan con la sensación errada de no haber hecho nada, las mañanas calentitas que empiezan con una sonrisa y ojos achinados pero muy despiertos, las pataditas de felicidad con las que sabés destaparte y cada uno de tus ruidos que voy a prendiendo a decodificar.    

jueves, 6 de abril de 2017

¿Por qué escribo?

Escribo para explicarme.

Escribo para entender.

Escribo para conocerme.

Escribo para que no se escurran los recuerdos en el tiempo.

Escribo porque cuando nos contamos la vida podemos resumir años e historias en un par de oraciones que por lo general no les hacen justicia a los hechos ni a las personas. Y porque eso a veces duele.

Escribo para plasmar sensaciones, aunque no lo logre como resuenan en el cuerpo. Porque los olores no viven en el papel sino en el recuerdo de los sentidos. Ahí están el del chocolate blanco Lacta brasilero y el de los quinotos que caían en el arenero del jardín de infantes.

El papel tampoco soporta los abrazos dados en los momentos justos. Ni las palabras, las estrellas en un cielo de verano, las confidencias y las canciones. Ni los fogones, los viajes, el ruido de las pisadas en un camino de piedras, los rayos de las ruedas de la bicicleta, la bocina del tren a lo lejos en la madrugada, las voces y las risas.  Ni el ruido de la sortija de la calesita, la vista desde la ventanilla de un avión, el sonido del mar ni el gusto del helado de dulce de leche que te compraba tu abuelo. Todo está guardado en el mundo que entró por los sentidos. Tu mundo. 

El papel y las palabras sirven para revivir sensaciones, pero no las pueden generar. Si lo hacen es porque en algún lugar existieron antes y la habilidad de quien las escribió logró que trascendieran para emocionar a otros. Hay que haber vivido, en persona, a través de relatos o de lecturas. Tanto hasta que uno a veces no sabe si lo vivió o si se lo contaron. Si lo vio en el lugar o si fue en una foto. Y están los recuerdos inconfundiblemente propios.

Somos como prismas que descomponen los recuerdos en vez de la luz, pero la física no nos explica. 

Los recuerdos se desdibujan o se confirman de una persona a la otra, aunque los hayamos compartido. Basta una charla con los hermanos para probar que la reconstrucción de la historia es un proceso personal que se completa con los demás. Nos sorprendemos. Donde uno ve abundancia, otro ve carencia. Agruras dulces. Suavidades ásperas. Y es que la reconstrucción se completa con todo lo vivido antes y después. Y al final solo coincidimos en un punto.


No envidio al personaje de Borges que murió aquejado por recordarlo todo. Como si yo supiera y recordara para siempre cuántas migas hay sobre la mesa, y cuántas vetas tiene cada tablón de la madera que la forma, mientras escribo. No quiero ser como Funes, pero tampoco quiero olvidar. Y cuando tenga más de 90, quien sabe, espero no solo seguir acordándome de Norma, mi maestra de primer grado, de su voz fuerte, su carcajada y su lunar con pelos, -que me hacía pensar que era monja, porque la monja del jardín tenía un lunar con pelos, con lo cual yo pensaba que todas las mujeres que tenían lunares con pelos eran monjas- sino también de esa charla en la montaña en un desierto de Catamarca mientras se ponía el sol al atardecer, quince años después. 


lunes, 26 de diciembre de 2016

Hacerle lugar a lo nuevo

Ordenar es una tarea tediosa cuando es impuesta, que puede convertirse en un buen programa cuando se tiene en mente el objetivo final: hacerle lugar a lo nuevo y rodearse solo de las cosas que dan alegría.

Último lunes del año, post Navidad y de vacaciones. Sola en casa, disfruto del silencio entrecortado por los pájaros y aprovecho que el calor no agobia -porque sopla viento después del 25 de diciembre más lluvioso de la historia-, para sentarme a escribir.  

Como las cosas que llegan en el momento justo, hace tiempo que el libro de la japonesa Marie Kondo, La magia del orden, empezó a aparecer en la reseña de una revista, en el comentario de un blog, en la experiencia de alguien que lo estaba leyendo, y siempre me generaba la misma sensación: es para mí.

Es para mí que soy de esas personas que cada vez que hablan con una amiga le cuentan que están haciendo orden de placard (y mandan foto, claro). Orden que en promedio dura unos cuatro días, hasta que la ropa vuelve a revelarse en una pila deprimente o en estantes detonados por un misil teledirigido.

Es para mí que tengo unos ¿veinte? libros apilados en la mesa de luz y apuntes, libretas y libretitas en todos los rincones de la casa, porque me gustan y ahí voy anotando ideas, cuentas, listas, notas varias, etc.

Es para mí que, aunque ordene, siempre dejo una pila de papeles varios en una punta de la mesa o del mueble.

Es para mí que disfruto del orden, que reconozco que me causa placer, que me genera armonía, aunque me cueste mantenerlo.

Es para mí que me gustan los espacios limpios, aireados y despojados y que huyo de los adornitos que juntan polvo.

Mi marido dice que me gusta juntar basura.

Al parecer, el temita de los papeles es una deformación profesional. Me gusta leer, estudié comunicación, pero esa excusa ya no me convence. Me gusta el papel, me gustan las librerías, las de los libros y las de artículos de librería con olor a tinta y goma, pero la acumulación desordenada hace que no sepa ni lo que tengo, porque no lo veo, porque no me acuerdo que esas cosas existen y porque cuando me pongo a revolverlas siento que están viejas, feas, amarillentas. Les falta aire. De eso habla Marie Kondo en una parte de su libro, de las cosas arrumbadas a las que les falta vida. Dice que hay que dejarlas ir: usarlas, donarlas o tirarlas. No importa si son un regalo. ¿Fuerte eh? Hay que soltarlas.

Sugiere rodearse solamente de los objetos que causan alegría. Dice que hay que tocar las cosas para saberlo y que hay que ordenar por categorías, empezando por lo más fácil hasta llegar a los objetos que tienen mucha carga emotiva como las cartas y las fotos.

Yo no lo apliqué de un tirón como ella recomienda, pero sí arranqué por el cajón de la mesa de luz y entre otras cosas me deshice del documento de los 16 años y de tres pasaportes viejos. ¿Para qué los guardé tantos años? no sé. ¡Ni que los sellos de migraciones me llevaran de vuelta de viaje!

Decidí comprar un tacho para reciclar y me dedico a buscar con qué puedo llenarlo. Me da doble satisfacción ver que me voy desprendiendo de cosas que solo ocupaban lugar, y que el tacho de basura común tarda mucho más en llenarse.  

"Cuando pones tu casa en orden, también pones en orden tus asuntos y tu pasado. Como resultado, puedes ver con claridad lo que necesitas en tu vida y lo que no, lo que debes hacer y lo que no". 

Y sí que compro esta idea.

"El rebote ocurre porque la gente cree erróneamente que ha organizado a fondo cuando, en realidad, solo ha ordenado y guardado una parte de las cosas". 

Esta me calza justo a mí que, como les dije, vivo haciendo orden de placard.



La tecnología obsoleta es en mi caso otra de las categorías que atentan contra lo que pretendo lograr. Lo mismo que los apuntes de la facultad que es obvio que no voy a usar nunca, nunca, nunca (repito tratando de autoconvencerme), y de la caja de recuerdos personales que traje de mi casa de soltera. En cuanto la encuentre sale volando al tacho de reciclado. Lo digo muy suelta pero hay que abrirla, ver las cosas y decidir, todo según el método KonMari, ¿no?

Nunca me consideré buena ordenando. Cuando era chica y compartía el cuarto con mi hermana era ella la que ordenaba el armario y hacía las valijas. Cuando se fue de casa casi muero.

Una de las cosas que dice el libro es que las personas suelen acumular la misma clase de objetos en distintos lugares de la casa, por eso marca la importancia de ordenar por categorías y no por ambientes. Pruébenlo y van a ver que es verdad. Abrís un cajón, el otro, y el otro, y sentís que estás ordenando el primero porque en todos lados hay las mismas ¿porquerías digamos?

Yo no sé si es la última semana del año que me inspiró a terminar de escribir este post, pero vengo desde hace tiempo dándole vueltas a la idea de vaciar la casa de todo lo que ya no necesito, de desprenderme de las cosas que arrastro y que me pesan, de hacerle lugar a lo nuevo. Y sé que no soy la única con este impulso. No entiendo mucho de cómo afectan los planetas en esto pero sospecho que tal vez algo tengan que ver.

Cada uno tendrá sus motivos. El mío, el principal, el que me empuja a soltar definitivamente lo que ya no suma en mi vida y a abrirle la puerta a lo nuevo, me patea desde la panza mientras termino de escribir, recordándome que dentro de poco estará acá revolucionándolo todo, y que necesita lugar.




miércoles, 19 de octubre de 2016

Mi nota en la web de Tigris

Siguiendo mis ganas de disfrutar mucho del presente, hoy vengo a darme el lujo de compartir la nota que escribí para la web de la revista Tigris y que pueden leer acá: Temporada alta en el jardín.

La nota está inspirada en una mañana con Clara Billoch, paisajista y jardinera a quien admiro, que la semana pasada dio un taller en la quinta Villa Elvira, en General Pacheco, sobre el jardín en primavera y verano.

El lugar es increíble para hacer eventos al aire libre, sobre todo en esta época del año, y también para hacer reuniones más chicas en alguna de las habitaciones de la casa que se adaptó para eso.

El jardín lo armó Clara que aprovechó árboles de décadas y de todas las variedades.

¡Recomendable! Como el blog de Clara, que si no lo conocen, acá va: http://www.eneljardin.com/



 

viernes, 14 de octubre de 2016

El placer de tener un trabajo que te guste

Al principio me resultó raro leer en la descripción de mi puesto la palabra "alegría". Con los días y el paso de los meses entendí de qué se trataba: de generar momentos de esos que dejan huella, los que las personas atesoran porque las hacen sentir queridas y especiales.

¡Y me estaban pidiendo que lo aplicara en el trabajo!

Hoy en mi trabajo vivimos uno de esos días distintos, de los que se recuerdan. Nos adelantamos al festejo del día de la madre, que en Argentina se celebra el tercer domingo de octubre. Fue un desayuno pensado para agasajar a cada una de las madres que todos los días dejan a sus hijos para venir a trabajar a la oficina. De esas que corren detrás de pooles y luncheras. De las que hablan con el colegio desde el celular apretado entre la oreja y el hombro, mientras escriben un mail. De las que usan una alarma para acordarse de que se tienen que ir porque llega el transporte de sus hijos. También fue para las felices y dichosas que llevan a sus bebés en la panza...

Fue una mañana emotiva y fuerte, porque también fue para una mamá que ya no tiene a su hijita para abrazar. Y lloramos todas, aunque la idea fue celebrar la vida con foco en todo lo que tenemos y no en lo que nos falta, si es que eso es posible. Y viéndola a ella sonreír supe que sí.

Hubo alegría y lágrimas, porque trabajo en un lugar en el que lo que le pasa a uno, nos afecta a todos. Y doy gracias por el rol que me toca, que me da la oportunidad de experimentar que realmente todo lo que uno da, vuelve.

Van algunas fotos que saqué hoy del desayuno que nos prepararon las chicas de BAM Cuisine. ¡Un lujo!













 

Muy feliz día a todas las mamás. A las que tienen a sus hijos acá y a las que los tienen en el cielo. A las que quieren tenerlos y no pierden la esperanza, a las que los esperan y a las que no pudieron, porque en su corazón son madres de muchos.

Y muy feliz día a mi mamá, Susan. La mejor que pude haber elegido para venir a este mundo.
Te quiero, ma. ¡Gracias!




 

martes, 12 de abril de 2016

Algo de México

Este año tocaron vacaciones más allá de las fronteras. Salimos rumbo al norte, cruzamos el Ecuador y llegamos a Ciudad de México. Dicho así pareciera que fuimos en auto, pero no. Nos llevó Aeroméxico, hicimos escala y tomamos otro avión hasta Guadalajara.

Creo que nunca hubiéramos elegido esta ciudad como destino de vacaciones, pero la familia tira y siempre convoca así que armamos las valijas y nos embarcamos.



De fondo se ve la fachada del Palacio Municipal de Guadalajara, capital del estado de Jalisco. Se puede entrar, recorrer su museo, el patio y ver los murales. Vale la pena darse el gusto de hacerlo.

La influencia árabe es evidente en el centro de la ciudad. Se ve en las arcadas, en las columnas y en los patios internos de los edificios. En la página oficial de Jalisco descubrí que el origen del nombre de Guadalajara es árabe: proviene de Wad-al-Hidjara que significa "río que corre entre piedras" o "río pedregoso". La tercera y última fundación de la ciudad, que estuvo asentada en otros dos lugares antes de llegar al definitivo y actual, se remonta a 1542.




Todavía no estuve en el sur de España pero tengo visto el estilo arquitectónico. Iba pensando en eso y en que veía influencia árabe por todos lados, cuando me topé con esta foto y explicación en el museo del Palacio Municipal. 




Mini rancheros.


Catedral de Guadalajara.


Foto con mi hermana Flor sacada por marido en el monumento del escudo de la ciudad. 
¡Fin!

martes, 29 de marzo de 2016

En esto estamos

Volver.
Casi entre las últimas definiciones que la RAE tiene para este verbo está la de "repetir o reiterar lo que antes se ha hecho".
No llegaba a los diez años cuando iba a a cerámica en uno de los tantos recovecos que tiene el club alrededor del "anillo". River está lleno de estos lugares.

Subía las escaleras forradas de goma acanalada negra que se comía los ruidos del ambiente, cruzaba la puerta de hierro y vidrio, doblaba a la izquierda y entraba a mi clase de cerámica en un salón con ventanas que daban a las canchas de tenis donde unos años atrás mi hermano Fede me había abierto el labio en dos, con un raquetazo de madera mientras peloteábamos en el frontón. Décadas después lo cruza una cicatriz impecable, casi imperceptible, gracias a la mano del cirujano que eligieron por mí.

La clase era a la tarde y valía hacer lo que uno quería. Equipada con mi valija de plástico rosa chicle, andaba de acá para allá con espátulas y frascos con pigmentos de colores.

No sé cuántas piezas hice pero hay dos que subsistieron hasta hoy: una cruz que todavía cuelga en la pared del cuarto de mis padres, y una casita en forma de "A" que alegra los estantes del aparador de la casa de mi abuela, con paredes azules y techo rojo. Jugada. Y la A me siguió de cerca hasta hoy.

Con la felicidad de estar haciendo lo que quería desde hacía tanto tiempo, y siguiendo el propósito de este año de volcarme a hacer las cosas que más me gusta hacer en la vida, hace algunas semanas volví a poner las manos en la masa. Nunca tan literal. Apenas me asomé a la clase fue inevitable sentir que volvía a un lugar que conocía desde hacía mucho. Algo ahí me pertenecía y volví a buscarlo. La conexión fue inmediata. La arcilla tersa y fría, la madera que la amasa, los golpes en la mesa, las herramientas, todo suena familiar, como nuevo el desafío de activar el torno para transformar una pelotita centrada en una plataforma que gira, en un cuenco. Cuando lo hice tuve la sensación de que antes lo había hecho, pero creo que fue solo el haberlo deseado tanto. En mi cabeza ya lo había vivido. Emabadurnarme y jugar con el agua todo lo necesario, rectificar, contener con una mano y darle forma con la otra, darle tiempo a la arcilla para que se asiente, sin apurarla para que no se afine demasiado o se derrumbe.

La satisfacción es grande. La impresión por momentos también. Uno de los pasos para que la pieza quede lisa una vez cocida, es pasar una virulana sobre las rebarbas de arcilla seca antes de meterla en el horno. Áspero. Y con la sensación que me provoca la aspereza en la piel. Las manos secas, la arcilla también. Polvo, papel. La arcilla seca enseguida se deshace en polvo, pero hay que pasar el momento y no pensar tanto. Y ni hablar cuando hay que escribir con un punzón sobre esa superficie similar a la de un pizarrón pero que se va desarmando. Sufro. Así que decidí acortar mi apellido a una sola inicial. O dejar solo la de mi nombre.

Siguiendo las indicaciones de mi profesora, la clase pasada me volqué a esmaltar a conciencia, para que no quedara superficie sin cubrir, de lo cual uno se entera recién cuando descubre el color cuando sale del horno. Entonces la falta de esmalte significa sequedad, aspereza, blanco ahí donde el color no llegó con la fuerza suficiente para cubrir la arcilla.



Ya veremos si lo logré.


lunes, 1 de febrero de 2016

Nuevo año. El mismo sueño. Otro lugar.

¡Hola!

Hoy arranca el segundo mes del año, y en la radio dicen que no hubo recambio vacacional sino que todos los que se fueron en enero están nuevamente en Buenos Aires.

La celebración del año nuevo quedó en el calendario de 2015 y ya casi no se escucha hablar de balance anual (un tema típico de conversación en las últimas semanas de cada año), casi como si fuera el único momento habilitado para sentarse a pensar qué está haciendo uno y qué quiere hacer, y revisar si hay demasiado espacio entre un escenario y el otro. Justo cuando la agenda y los días parecen acelerarse antes de que empiece la temporada de vacaciones.

En la revista Ohlalá de diciembre de 2014 publicaron una nota a May Groppo en la que sugería tomarse un rato cada año para responder estas preguntas:


  1. ¿Qué hiciste que nunca habías hecho?
  2. ¿Habías escrito alguna resolución o diseñado un moodboard? ¿Qué pasó con tus objetivos? 
  3. ¿Hubo nacimientos cercanos a vos?
  4. ¿Alguien cercano a vos murió?
  5. ¿Qué pueblos, ciudades o países visitaste?
  6. ¿Qué te gustaría tener que te faltó este año?
  7. ¿Qué fechas quedaron grabadas y por qué?
  8. ¿Tu mayor logro?
  9. ¿Tu mayor tropiezo?
  10. ¿Te enfermaste o accidentaste? 
  11. ¿Hiciste cambios en tu casa, traslados o compras que tuvieron un significado especial? (Algo así como "¿cuál fue tu mejor inversión"?)
  12. ¿La actitud de qué persona merece celebración?
  13. ¿La actitud de qué persona te deprimió o disgustó?
  14. ¿A dónde fue gran parte de tu dinero?
  15. ¿Qué te entusiasmó mucho?
  16. ¿Qué canción, libro o película te recordará este año?
  17. ¿Qué te hubiese gustado hacer más?
  18. ¿Qué te hubiese gustado hacer menos? 
  19. ¿Cambió tu sentido de moda y estética?, ¿tu actividad física?
  20. ¿Qué te mantuvo "cuerda"?
  21. ¿Cuál fue la mejor "persona nueva"?
  22. ¿Qué lección de vida valiosa aprendiste?
  23. (Si sos mamá), ¿qué momentos vas a recordar junto a tus hijos?
Yo lo puse en práctica el año pasado, y me gustó. Este año todavía no lo hice, pero ya tengo pensadas algunas preguntas para sumar a mi cuestionario. Hasta puede que haga uno nuevo enfocado en el disfrute y la creatividad, para no perder de vista lo que quiero para mi 2016.


Quiero aire. Quiero mirar lejos. Quiero aprender algo nuevo. Quiero flores en mi casa y paz en mi país. Quiero escribir. Quiero pintar. Quiero sacar fotos. Quiero reírme con mis amigos. Quiero tiempo en familia. Quiero amar más y mejor. Quiero tener un bebé y saber amar y aprender del camino que me toca recorrer. 

Y me vino la imagen de esta foto que recuerdo bastante seguido. La saqué hace unos años en The Giant Ferris Wheel (Wiener Riesenrad, en alemán), en el parque de diversiones del Prater, en Viena. En el vagón de al lado (o de arriba, o abajo, según en qué punto de la vuelta estuviéramos), había una cita al atardecer. El marco, Viena en agosto. El escenario, un vagón de madera de esta rueda de hace más de 100 años, que fue reconstruida después de la Segunda Guerra Mundial, y que ofrece las mejores vistas de la ciudad. Dicen que uno no conoce Viena hasta que no se sube!

La miro, lo escribo, y vuelvo a estar ahí. 
Espero que ustedes también.